Experiencia de Transformación Personal

México un Sismo Rescate Esfuerzos

El pasado martes 19 de septiembre alrededor de mediodía un sismo sacudió la región central de México.

 

En muchas zonas de ciudad de México, la alarma no sonó, razón por la cual muchos no pudimos evacuar.

 

A pesar del temblor, podía escuchar los gritos de mi vecina, aterrorizada porque cuidaba a su nieta y no se atrevía a abandonar su apartamento. Cuando finalizó el temblor, salí de mi departamento y les ayudé a salir a la calle en donde mucha gente estaba reunida por temor de regresar a los edificios.

 

Algunos de nosotros no nos dimos cuenta de la magnitud del evento sino con el pasar de las horas y los días. Noticias, fotos y videos sobre los daños fueron divulgándose y despertando en nosotros compasión y tristeza conforme llegaba la noche. Durante el transcurso del día las redes telefónicas estaban saturadas imposibilitando que nos comunicaramos los unos con los otros.

 

Las colonias menos afectadas carecían de servicios como luz, agua e Internet. Ciertos edificios habían perdido sus fachadas o parte de sus muros.

 

Otras fueron más afectadas. Muchos edificios comenzaron a colapsar y a derribarse, llevándose consigo pertenencias y bienes inmobiliarios.

 

En otras colonias, sus habitantes corrieron con menos suerte pues varios fueron sepultados bajo los escombros al no tener tiempo de evacuar. Lentamente la lista de personas desaparecidas fue desapareciendo.

 

Algunos pueblos cercanos a la Ciudad de México lo perdieron todo. No tenían medicamento, ni alimento. Mucho menos atención médica o manos que les ayudaran a cargar y a movilizar las piedras y el escombro para buscar a sus familiares.

En medio de tanto horror y dolor, la ciudadanía se unió y movilizó en el transcurso de horas. Las brigadas se organizaron a medianoche y campamentos comenzaron a montarse para decidir qué hacer al respecto. En mi interior, le pedí a Swami que me iluminara y me permitiera ayudar.

 

Al día siguiente conseguí unos guantes y casco y me dirigí a algunos de los sitios que reclutaban brigadistas a través de Internet. Al llegar a ellos quedé conmovida. La cantidad de personas dispuestas a ayudar era impresionante y por lo tanto, me era imposible acercarme siquiera a ofrecer mi ayuda. Había filas interminables de voluntarios dispuestos a ayudar a las personas atrapadas bajo los edificios. Se organizaban cuadrillas para entrar de la manera más organizada posible debido a la congregación de voluntarias y voluntarias. Sin embargo, cuando se pedía silencio para trabajar, la gente levantaba el puño cerrado y el único sonido que podía escucharse era el de los carros circulando a la lejanía.

A lo largo de las avenidas, la gente recolectaba víveres, empaquetaba botellas de agua, ofrecía sus hogares para hospedar a los damnificados. Grupos de ciclistas viajaban a lo largo de la ciudad para transportar víveres. Muchos obreros de edificios en construcción se transportaban para ayudar. Los restaurantes y cafés ofrecían comida gratuita a los voluntarios. No eran pocos los camiones que pasaban con gente movilizándose a otros pueblos y otras ciudades con picos y palas.

 

Tomé un taxi para moverme a otro lugar en donde pudiese ayudar. Cuando llegamos a nuestro destino y nos dispusimos a pagar, el taxista movió su cabeza de lado a lado. “El viaje es gratis. Qué bueno que van a ayudar”. Le agradecimos y nos bajamos del taxi.

 

A pesar de que la mayoría de los negocios e instituciones habían cerrado, las calles estaban vivas con la solidaridad y amor de las y los mexicanos, que a pesar del miedo ante algún colapso o derrumbe en la zona, querían apoyar ya fuera ofreciendo alimentos, agua, ropa o palabras de consuelo. 

Ese día, al igual que muchísimas personas más, apenas sí pude dormir. Tenía miedo de cerrar los ojos, pero también sentía vergüenza ante Swami. A pesar de que lo había intentado todo el día, no había podido ayudar en nada y temía que pensara que era floja o cobarde.

 

A la mañana siguiente, recordé haber oído que montarían un centro de acopio de víveres y medicamentos en un parque cercano. Me dirigí a él y les dije que quería ayudar.
Me asignaron al área de alimentos en donde comenzamos a recibir kilos de alimentos, latas, productos de higiene, juguetes, ropa, cobijas y herramienta.

Nos encargamos de descargar camiones y de distribuir las despensas que armamos con nuestro amor y con el amor de quienes habían donado los víveres en vehículos particulares que se dirigían hacia las zonas afectadas. La gente en sus automóviles tomaba atención a nuestras pancartas cuando nos colocábamos en medio de la calle solicitando productos de higiene personal o pañales para los damnificados. Muchas y muchos regresaban después de adquirir dichos productos en una tienda. Muchos levantaban el celular y compartían la información en redes sociales.

 

Todas las personas ahí reunidas eran voluntarias. Muchas de ellas dormían en el parque porque habían perdido sus viviendas. Otras tenían que tomar el transporte público, viajando por más de hora y media para poder llegar al parque. Al final del turno, debían hacer el mismo trayecto de regreso a casa para descansar y venir al día siguiente. En ocasiones, brigadistas nos pedían agua y comida. Se veían exhaustos y llenos de polvo. Ellos también seguirían ayudando a lo largo de los días.

 

Los vecinos pasaban a ofrecernos sus baños, comida o lugares para reposar. Había terapeutas, psicólogos, médicos, payasos para los niños y brigadas de cocineros que traían bandejas de comida caliente para alimentarnos. Jóvenes nos regalaban bolsas de dulces o frutas. Se establecieron albergues para personas y para mascotas a quienes también les distribuimos víveres.
Después de algunos días fui enviada al área de medicamentos y de curaciones en donde empaquetamos gasas, jeringas, algodón, vendas y medicamentos. La disposición era la misma; ayudar a algún desconocido, demostrarle que no estaba solo ni abandonado.

 

Durante el fin de semana fui a donar sangre y tuve que esperar horas haciendo fila porque muchas personas se han presentado a hacer lo mismo.

 

A pesar de que aún queda mucho por hacer, estamos muy agradecidos con el resto de México, con los brigadistas internacionales, con la prensa, con los vecinos y con la gente que ha donado a rescatistas o que ha llevado víveres.
 
A lo largo de estos días, Swami me ha permitido convivir con tantos extraños. En muchas ocasiones no dijimos nuestro nombre. A algunos los he vuelto a ver en el parque. Otros tuvieron que regresar a sus labores no sin antes donar más víveres. Dafne, la coordinadora del grupo, me contó que tiene 3 niños pequeños a quienes dejó encargados con su madre en otro estado para poder dedicarse por completo al centro.

 

Ha sido tanta la gente que ha pasado por ese parque, por todos los parques con centros de acopios similares a aquel en donde yo hago seva, que en ocasiones muy breves se me olvida que todos somos uno y que más que con muchos extraños, Swami me ha permitido convivir con él a través de las manos que ayudan al otro desinteresadamente.

Anita Rosales

Region 3

Mexico